En "El día que Nietzsche lloró" (1995), hay datos de la realidad. La historia se desarrolla en la Viena de fines del siglo XIX, donde el prestigioso fisiólogo Josef Breuer, especialista en enfermedades mentales y amigo de Freud, trataba a una paciente (Anna O.), afectada de parálisis intermitente de brazos y piernas, trastornos en la vista y en el habla, alucinaciones y bruscos cambios de humor. Cuando la paciente hablaba de sus experiencias, en estado de "hipnosis espontánea" en las que hacía una suerte de "limpieza de chimenea", o "cura por palabra", sus síntomas se aliviaban. Breuer llamó "catarsis" (en griego: limpieza) a estos episodios de recuperación espontánea.
En su novela, Yalom imagina el pedido que le hace a Breuer una joven y bella poetisa rusa -Lou von Salome - para que ayude a su querido amigo Friedrich Nietzsche, a superar sus tendencias suicidas. Ella supone que la "cura por la palabra" logrará liberar al filósofo de sus intolerables migrañas, y de su actitud autodestructiva.
En una charla con su discípulo, el joven Sigmund Freud, Breuer urde un plan para convencer a Nietzche de que se deje ayudar: le pedirá que le permita convertirse en su paciente. Breuer también padece de insomnio, pesadillas, y arrastra una relación enfermiza con una ex paciente, Berta.
Así se inician una serie de encuentros terapéuticos para ambos, en los que tanto Breuer como Nietzsche irán buceando en sus inconscientes, para develar y desentrañar el origen de ciertas obsesiones que los atormentan. Se cuestionan y cuestionan a su interlocutor, en un fecundo diálogo del que ambos emergen más libres y del que surge una entrañable amistad.
La puesta de Lía Jelín (nos referimos a la versión de gira que se presentó en el Coliseo Podestá), logra simbolizar -a través de la utilización de paños traslúcidos- los distintos planos en que se desarrolla la acción: lo real, lo imaginado; el consciente y el inconsciente; la alucinación, lo onírico; el pasado, el presente. Todo esto reforzado por una ajustada puesta lumínica, una muy sugestiva banda sonora y una lograda proyección multimedia.
Tanto Pasta Dioguardi (Breuer) como Luciano Cazaux (Nietzsche) confieren verosimilitud a sus torturados personajes, y transitan con emoción y credibilidad ese desolado y escarpado trayecto que llevará a sus criaturas de la oscuridad a la luz. El resto del afiatado elenco (destacamos la Lou Salomé de Florencia Dyszel), conforma con holgura el marco necesario para el duelo verbal de los protagonistas.
Subrayamos la excelente versión teatral de Luciano Cazaux, que supo conservar lo esencial de la novela de Yalom.
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